No abro un case y saco lo que hay. Nunca lo he hecho.
Cada paleta que uso se mezcla en el momento — literalmente, con espátula, sobre mi mesa — para la piel específica que tengo enfrente, el vestido que la va a vestir, la luz que va a encontrar, y la cámara que la va a capturar. Es un proceso de 8-12 minutos que muchas veces las clientas ni notan porque pasa en paralelo mientras platicamos.
El truco: cuatro decisiones antes de aplicar nada.
Uno — el subtono de tu piel bajo luz natural, no bajo bulb. Dos — el tono exacto del vestido (un vestido crema y uno hueso pueden parecer iguales pero pelean con paletas opuestas). Tres — la luz del venue (una boda de mediodía en jardín no admite el mismo look que una cena de gala a las 8 pm bajo velas). Cuatro — la cámara del fotógrafo (los tonos cálidos rebotan distinto en Canon que en Sony).
Con esas cuatro coordenadas construyo la paleta. Y por eso ningún look que hago se repite: porque nadie más tiene tu piel, tu vestido, tu luz, y tu foto.
